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lunes, 23 de mayo de 2016

AMANECER


A lo lejos, un viejo coche humeaba tras sufrir un accidente fatal. Los cascos del burro, al aplastar el aire de la encrucijada, hicieron volar el papel escrito hasta el pecho del campesino, y a la luz del amanecer el buen hombre trató de leer las líneas torcidas. Como no pudo, pues su alfabeto no pasaba de doce letras, devolvió estas al polvo junto con sus hermanas, y desde el suelo todas ellas continuaron diciendo:

“Cabeceaba dentro del cine oscuro y caliente, esperando la película. Esta prometía ser un bodrio, pero eran pocas las distracciones ofrecidas por el pueblo de sus abuelos a un citadino de trece años. De pronto, sentí próxima la incómoda sensación de cambio que a veces me asaltaba entre otras propias de la pubertad, solo que esta me hacía viajar. Me dormía en un lugar y despertaba en otro, del que salía al escuchar un ruido fuerte. Eran unos sueños raros. Sin ser yo, no dejaba de serlo, pero me veía alojado en un cuerpo con una edad y unas memorias distintas a las del sueño precedente. Asusta no tener control sobre la propia historia. Para no caer dormido me puse a observar a la escasa concurrencia, y luego recordé la última de esas vivencias oníricas, tan reales como mi actual vida de chico.

Reconocí en ella mi mano ya crecida, provista de un reloj de hombre, aferrada al lugar desde donde observaba a escondidas a la que era mi esposa en el sueño y a un bebé. La mujer parecía harta de maltratos hediondos a alcohol frecuente, pues se lamentaba por estos mientras llenaba una maleta y gritaba su decisión de acabar con su condición de víctima y con el fruto falso de nuestra convivencia. Cuando terminó de empacar, se acercó a la cuna para negarle al infante el derecho a seguir respirando el aire que a ella le faltaba. Luego abrió una gaveta, encontró, rompió y esparció fotografías de nosotros alrededor del crimen para redondearlo, trancó la puerta con un golpe que resonó en mis oídos desde algún lugar al otro lado del tiempo, y salió a buscarse una nueva vida mientras la muerte la nombraba.

El portazo me despertó. Tenía las mejillas mojadas. Continuaba dentro del cine, después de ver otra vez ese cortometraje privado. Sentí la mano izquierda adormilada por haberla mantenido apretada contra el lateral de la butaca. La sacudí. No estaba seguida de reloj. Este no hacía falta en ese pueblo donde el tiempo parecía detenido. Me puse a pensar que últimamente mi vida y yo nos parecíamos muy poco. Por lo general cuando pienso o me aburro siento sueño, así que volví a cabecear. El olor acre que acababa de ocupar la butaca de la derecha me hizo mudar dos puestos más allá. Su propietario aguardó unos minutos antes de insistir en sentarse a mi lado. Me preocupé, pues había bastante asiento vacío lejos del mío. Por el rabo del ojo traté de distinguirlo entre las sombras, pero no pasaba de ser un bulto grande y maloliente. Alzando la voz para atraer cualquier atención sobre nosotros, le dije: Perdone, quiero estar solo.

Respondió colocando una palma pesada y viscosa sobre mi rodilla. Yo podía ser mal estudiante, pero estaba bien informado acerca de los viejos verdes. Entre asustado e indignado la tomé para apartarla, y súbitamente esa mano grande y fofa giró convertida en garra, se apoderó de la mía y la jaló con fuerza hacia su cuerpo. Traté de recuperar mi mano, mi libertad, mi rabia, pero fue inútil, una succión irresistible engulló brazo, cabeza y todo el resto de mí, hasta los zapatos. Grité. Mi propio grito me despertó, sobresaltando al viejo señor que se había sentado cerca cuando cerré los ojos y se alejó refunfuñando contra la juventud irrespetuosa y las drogas, envuelto en una nube de olor a rancio. Justo entonces comenzó la película, pero yo abandoné corriendo la sala temiendo no llegar a tiempo al baño. Nada que hacer. Me había orinado.

Luego de limpiarme volví a entrar, empeñado en ver una película monotemática para escapar de la mía tan absurda y variada, pero la aburrida trama pudo más que yo. Cerré los ojos un instante y eso bastó para que sintiese cómo corría la tarde y yo con ella, sobre la butaca convertida en el asiento piloto de un viejo sedán. El asiento trasero tintineaba por los encuentros forzados de numerosas botellas de licor vacías. El monstruo del vicio me perseguía. Las llantas herían el suelo polvoriento de una carretera rural, superando etapas fugaces que me alejaban de la niñez. El mundo huía velozmente hacia atrás mientras yo avanzaba buscando mi destino final antes de ese amanecer.

El asmático motor aspiró el interminable trayecto descrito por una amplia curva, tan abierta que parecía recta, otra de las tantas mentiras de este mundo. Un poco más allá podía verse la encrucijada que decidiría mi futuro. El camino de la derecha conducía a lo ignoto; desde la vía izquierda, la seguridad de lo conocido me hacía señales inconfundibles. Indeciso, me detuve en la bifurcación para reflexionar un poco, encontrando el lugar contaminado por un ruido de fondo que parecía la voz de otra película encerrada en un oscuro cine de pueblo.

Cansado de conducir durante tanto tiempo sin haber aprendido a manejarme, apoyé la frente sobre el volante. Al incorporarme recuperé el recuerdo de aquel cine de mi infancia, seguido por la secuencia de cuanto pasó después. Reconocí la casa que nunca fue hogar, aun estando vacía de los brazos infieles que rodearon mi estúpida inocencia queriendo venderle un hijo ajeno y un crimen por el que casi fui condenado. Desde el retrovisor interno me miró largamente el autor de tantas huidas y regresos. Acepté por él todo el camino recorrido. Entonces escribí estas líneas, las arrojé por la ventana, arranqué un rugido al motor y pasé raudo sobre sus miedos, eligiendo la vía de la derecha.

Todavía no he despertado”.

 

                   

sábado, 26 de octubre de 2013

LA INDIFERENCIA HUMANA DE DIOS


Indiferencia es la cualidad de quien se muestra falto de interés o de afecto. Pero hablar de la indiferencia de Dios presupone que existe, y cualquier cosa que se diga acerca de la divinidad es pura especulación, así que prefiero hablar de la creciente indiferencia del hombre con respecto a Dios y a su propia especie. La ausencia de Dios y la ausencia del hermano son las dos caras de la moneda con la que el ser humano compra cuanto le vende el irracional consumismo moderno, mientras la publicidad le asegura que cuando lo adquiera será feliz…obviando decir que esa felicidad durará hasta que le cree una necesidad diferente, que lo empujará a una nueva compra. Esa manipulación desgastante lleva sin remedio a idealizar y acumular el dinero mezclado con esa moneda de la indiferencia, símbolo de un egoísmo feroz, recurso de un miedo profundo que busca evadir la inseguridad y el vacío llenándose de cosas materiales y de placeres efímeros que exigen constantemente un refuerzo, un complemento, una novedad. Y aun así la felicidad sigue siendo cosa rara, aunque se creen ministerios, técnicas o slogans para vendérsela como una realidad a un mundo hambriento de ella.

Nietzsche sigue afirmando después de muerto que Dios también lo está, que lo hemos matado o dejado morir al no necesitarlo. Y aumenta cada día la indiferencia religiosa en una raza que destruye, entre otros motivos de irritación vital, porque lo divino está fuera del alcance de sus sentidos corporales y de su intelecto. El fenómeno puede verse desde distintas posiciones. Un ateo genuino no se la pasa razonando sobre la existencia de Dios, ni argumentando contra ella. Quien lo hace para denunciar los errores, incongruencias y manipulaciones de la religión organizada no es ateo, sino una especie de trabajador social indignado que vive combatiendo esas fallas o atacando las creencias ajenas, sin revisar qué lo empuja internamente a debatir todo el tiempo sobre aquello cuya existencia niega. Y quien se opone a lo religioso por un profundo dolor personal, solo muestra su resentimiento hacia un Dios indiferente. El ateo y el creyente carecen de pruebas que sostengan su tesis, pero ambos creen. Creen, respectivamente, que Dios existe o que no existe. Desde una posición más centrada en la duda racional, que no niega ni acepta la realidad de Dios –de cualquier dios–, el agnóstico admite que lo divino no cuenta en la vida diaria, fuera del uso que de ese constructo hace el hombre para darle sentido a la vida o protegerse de ella. Y entre esas posiciones persiste históricamente la del fanático obtuso.

La estructura religiosa se mantiene erguida sobre libros y ritos sagrados, e intereses no tan sagrados, gracias a que provee al individuo de pertenencia y de seguridad, aunque no satisfaga ninguna necesidad metafísica humana fuera de su rol como aglutinante o discriminador social, o como recurso psicológico contra la incertidumbre. Pero paralelamente al auge del comercio y de la ciencia, la superchería y las sectas le roban cada vez más adeptos a las principales religiones, lo trivial y cotidiano secuestra la imaginación y la capacidad de darse cuenta en la persona promedio, y la fe en Dios se aproxima como nunca antes a la ciencia, buscando sobrevivir. Mientras, el hombre negocia y se lucra con la doctrina y con la ciencia, se niega o reafirma a través de ambas, y en la mayoría de los casos crea su zona de confort particular prescindiendo fácilmente del tema religioso.

El progreso tecnológico, al crear y satisfacer numerosas necesidades materiales o intelectuales, también ha hecho que una gran parte de la humanidad afiance sus creencias metafísicas o las abandone. El resto sigue observando ciertas prácticas rituales, vacías de todo contenido racional, por razones de tradición, rutina, costumbre o conveniencia, y por el temor a verse excluido de la sociedad. La fe en los dioses nació porque los hombres sufrían y sentían la necesidad de liberarse del dolor de vivir, y eso continúa vigente, manteniendo la necesidad masiva de las religiones que separan y las supersticiones que embrutecen. Pero, debido al perenne silencio divino ante tantos hechos que continuamente desmienten (al menos en este planeta) la existencia de un creador amoroso que responde a las oraciones y vela por toda su creación, la indiferencia religiosa se extiende de manera acelerada. Conforme avanza la ciencia, crece la autosuficiencia del hombre, y este adopta una actitud de vida utilitaria en la cual Dios no tiene lugar, o es usado con fines comerciales y para manejar a otros seres humanos.

Esa indiferencia se ha convertido en un fenómeno cultural, en una mezcla de desconcierto, dudas, manipulaciones, compraventas, ídolos, supersticiones, escapismos, hastío vital y controversias metafísicas insolubles. El fenómeno de la indiferencia viene de la rivalidad entre dos comercios: La cultura consumista, que vende recursos supuestamente infalibles para alcanzar la felicidad atendiendo a intereses, placeres y preocupaciones inmediatos, y la venta que hacen las religiones de una salvación hipotética en el más allá si se obedece la voluntad de un ser que jamás se muestra y cuya interpretación es anunciada por cada fe como la única verdadera. De esta rivalidad entre mercaderes nace la ausencia de Dios, poco útil en un mundo lleno de necesidades creadas por el consumismo ya mencionado, donde el dios intangible es reemplazado por el muy palpable dios-dinero, y el prójimo es visto por el egoísta como un medio para conseguir los fines propios, o como una amenaza a su libertad individual. Y así es como el hombre moderno termina por concluir que «el infierno son los otros». Lo que no excluye a nadie.

Según Sartre, es ilusorio creer en el porvenir y en la trascendencia de la humanidad. El político deshonesto, el militar corrupto, el comerciante rapaz, la autoridad abusiva, el sacerdote incongruente, el delincuente per se, y el que no se reconoce como tal, pero que actúa con codicia, ventaja e indiferencia ante el perjuicio que causa a otro, actúan así por sentirse solos, confundidos, temerosos, desvalidos, o porque es su inclinación predominante, natural o aprendida. Y a lo largo de los siglos manchados de sangre estos depredadores continúan naciendo y proliferando, sin dejar de ser como son, usando a los demás para conseguir placer, provecho, aceptación, reconocimiento y poder. Lo que pueda venir después de la muerte, si acaso viene algo, no les preocupa, pues la única realidad que cuenta para ellos es la de cada hora vivida en medio de una feroz competencia de cuerpos y de símbolos materiales. Enmascaran su profundo vacío lleno de miedo con el acopio frenético de cosas, de honores sociales, de momentos placenteros y de bienes, entre discursos vanos, falsas tolerancias, acciones egoístas disfrazadas de bondad o de justicia, ceguera voluntaria hacia el mal ajeno, acciones mezquinas, metas falsas, bondades fingidas e hipocresías sociales, entre otras mil señales del individualismo radical del hombre contemporáneo.

Este desconfía del amor desinteresado, y hasta lo desprecia como algo idealista y poco rentable, aunque viva buscándolo y se arruine a sí mismo o a otros tratando de comprarlo. La pasión desinteresada y la solidaridad son entendidas por la masa alienada como movimientos absurdos, no rentables, ciegos, teóricos, neciamente idealistas. La pasión sensorial sustituye al amor, y la compasión se está convirtiendo en una palabra inactiva casi ausente del vocabulario corriente y de la conducta diaria. En este infierno, innegable e  innecesario, una gran parte de la humanidad se cree buena mientras alimenta el fuego donde arde y se apoya en Dios por lo que obtiene con su fe. Y de esta manera seguimos caminando en medio de lo desconocido, entre tropezones, dualidades, incongruencias, errores y aciertos, creyéndonos dioses sin Dios o colocando a la divinidad afuera de nosotros para adorarla o ignorarla en forma de creencias abstractas o de falsos ídolos representativos.

En este tiempo de contactos tecnológicos masivos, destaca la falta de una comunicación cara a cara, sincera y sostenida, que cambie la indiferencia en solicitud y la soledad en unión efectiva. Pocos comprenden que la base del egoísmo y de cualquier maldad es el miedo, cuyo opuesto y único antídoto es el amor. Es necesario reflexionar sobre todo esto para mejorar la vida y dejar de ser su doliente; cabe distanciarnos de cuanto nos rodea y afecta para honrar con el uso adecuado lo único que nos diferencia de los demás animales, la capacidad de pensar y de razonar, la misma que motiva a cuestionar o a escribir artículos como este, aunque resulten poco útiles, pues generalmente los leen quienes menos los necesitan. Aun así, vale la pena intentarlo, para encontrar afines y aprender unos de otros. Al menos unos pocos crecen en la interacción, lo que ya es un mínimo cambio positivo que contribuye a elevar el nivel de toda la humanidad. Por eso invito a reflexionar.

Consideremos lo siguiente: Un Dios todopoderoso y bueno, ¿puede crear un mundo sin mal? Si no puede, no es todopoderoso; si puede y no lo hace, le falta bondad, o no pasa de ser un maldito sádico. Estamos ante el dilema clásico. En un mundo con tantas cosas buenas y eficientes que resulta absurdo atribuirlas a la casualidad o a una fuerza no inteligente o no amorosa, la existencia del mal y del sufrimiento es el principal obstáculo para la fe en Dios del creyente, el argumento más importante en favor del ateísmo, el motivo central de la indiferencia humana hacia lo trascendente. Solo la ausencia de inteligencia puede atribuirse a sí misma la creación y mantenimiento de un universo tan evidentemente hecho con inteligencia, lógica y armonía, si exceptuamos las obras oscuras de la especie humana, la única que conozco capaz de construir el dolor y dañar de manera consciente.

En todo caso, si Dios es bueno y todopoderoso, entonces es responsable del mal, por haberlo creado o por no impedirlo. Y lo ha de tener dentro de Sí, o no es infinito y termina donde lo malo comienza. O es eso, o el mal es una ilusión, ignoramos lo que realmente es el bien, y nuestra existencia no pasa de ser un sueño con ribetes de pesadilla. Pero entonces, ¿cómo despertar? ¿Quién puede probarle a un menesteroso que está dormido, y que por estarlo no disfruta de una realidad distinta a la que sueña? Los hombres niegan a Dios porque observan que el mal triunfa, porque experimentan sufrimientos sin sentido, porque encuentran que lo aprendido con el cuerpo de nada les sirve después de la muerte, cuando se carece de entidad física. Por otra parte, el mal se convierte en fundamento de la posibilidad de Dios cuando provoca el descontento de este mundo, y orienta a los hombres hacia otro mundo distinto a través de la fe y la esperanza. Pero desde la fe y con la esperanza de un mundo mejor, el hombre ha obrado históricamente de forma terrible en contra del hombre, por conveniencias concretas o por defender utopías. Y entre tales contradicciones y círculos viciosos, nuestra especie repite una y otra vez los mismos errores, y se formula sin cesar las mismas preguntas sin respuesta.

¿Por qué tienen los hombres la enorme libertad de torturar a sus semejantes y a su entorno, temiendo y buscando simultáneamente la muerte? ¿Por qué tanta guerra y autodestrucción? ¿Por qué el alma humana, que a veces es capaz de tanta belleza, bondad, heroísmo, nobleza y generosidad, puede sustentar también los instintos más deshumanizados? Hay en la experiencia de nuestra especie abismos de maldad que la razón no puede ni siquiera calificar. Y los hombres que encarnan esa maldad acaban como sus víctimas, terminan pareciendo pobres actores guiados por un director oculto en la sombra, porque el mal que sale de ellos y dejan regado a su paso les excede infinitamente. Hasta los peores dictadores y criminales son peleles que siempre acaban muertos, títeres insignificantes de un mal absoluto que los desborda. Ante esto el hombre se irrita, porque no quiere ser juguete de nada ni de nadie que no sea él mismo. No soporta su insignificancia. Y por eso en su orgullo acude al recurso de la divinidad, para comprenderse, para explicarse, para elevarse hasta ella o al menos para considerarse hijo suyo.

El ser humano no entiende cómo puede ser movido por tales fuerzas externas o internas, por tal dualidad, y entonces configura la presencia de un ser maligno que contrapone a la de un dios bueno para explicar que una civilización que desea la razón, la justicia y el bien común, caiga día tras día y siglo tras siglo en ejercitar lo contrario. Sumergida en el mal, muchas veces auto infligido, la historia humana se convierte en un juicio a Dios, en una acusación por parte del hombre acerca del porqué la oscuridad domina mucho de la gran historia del mundo y también de cada pequeña historia individual. Y el dilema sigue pues, mientras haya humanidad, habrá el rechazo visceral de todo ser viviente a la idea de su aniquilación total después de la muerte. De ahí salen distintas versiones acerca de la vida en el más allá, que se enuncian para tener la esperanza de seguir existiendo de la forma que sea.

Mientras, el más acá muestra hasta el cansancio que quien obra astuta y negativamente contra el otro casi siempre vive mejor, aparentemente, que aquel que se rige por la virtud. Asimismo, lo cotidiano prueba que el amor da una felicidad que excede la obtenida a través del mal, el poder o lo tangible. Pues, no siendo el hombre una cosa, difícilmente puede llenarse con cosas materiales. Y así vivimos, confundidos en medio de fuerzas incontrolables, con miedo a lo desconocido, dramatizando con problemas (reales o no) nuestra breve existencia. De la capacidad y decisión de cada quien para seguir el camino del amor o del miedo, o de fluctuar entre ambos, surge el valor individual y colectivo que tiene cada vida humana. Pero, ¿quién está en posición de fijar o juzgar ese valor? Solo alguien omnisciente, que sepa todo acerca del antes y después de cada vida, y pueda explicarla, justificarla, valorarla o condenarla. Lo que nos lleva de vuelta a la divinidad, la misma que según los iluminados se reserva el derecho de someter a sus criaturas a la ley del karma o a la de un juicio final. Y otra vez se cerró el círculo.
 

Después de intentar condensar algunas paradojas de la vida en este texto, que por un tiempo cerrará este blog y que por razones obvias enfatiza "lo malo" sobre "lo bueno", prefiero terminar con una pregunta: ¿Dónde estoy, y hasta dónde puedo llegar dentro del redondel que me encierra junto al resto de la humanidad

Vale la pena pensar en ello, tocar nuestros límites  y expandirlos progresiva y voluntariamente, para que nuestro ser evolucione todo lo que pueda desde cada punto que vaya ocupando en el universo. Varias de las interrogantes planteadas exceden la actual capacidad humana, pero es nuestro derecho tratar de responderlas con reflexiones y con acciones, por aspirar a una mayor calidad de vida personal y colectiva. Por mi parte me gusta pensar, sin la necesidad de imponerle esta posibilidad a otros como ideología necesaria o verdad absoluta, la posición trascendente actualmente más en boga: "Cuando la divinidad se concibe como algo exterior y ajeno a uno mismo, todo lo que tiene que ver con ella se convierte en "teología" y teoría. En cambio, cuando se siente y vive que Dios es yo - un yo que te incluye pues también eres tú, y todos, dentro del Todo-, esta posición se transforma en algo eminentemente práctico y con repercusiones e impactos directos e inmediatos, si profundizamos en la práctica cotidiana de nuestra divinidad abordando constructivamente cuestiones como el amor a uno mismo y el endiosamiento del ego; la superación del sufrimiento dejando de juzgar a la vida; la experiencia diaria de una vida sencilla; la vivencia consciente y constante del aquí y el ahora;  el poder de soltar, cambiando adicciones por simples preferencias; la práctica de la libertad ideológica y afectiva y la consecuente disolución de miedos; la significación del silencio; la innecesariedad de hacer y lograr el éxito material y social dentro del disfrute, del ejercicio de los dones y talentos y del acto continuo del Vivir Viviendo". 

En tanto ajusto mi existencia a estos lineamientos, permaneciendo abierto a otros que prueben ser más acertados, sé que, mientras respire, no me queda otra opción que seguir buscándome entre la luz y la oscuridad, haciendo el bien o el mal según la voz de mando que predomine en cada momento y circunstancia dentro de mí. Pues soy, simplemente, un ser humano, nada más que eso. Pero tampoco menos.
 
 


 

sábado, 7 de septiembre de 2013

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE SER ESCRITOR


No, aquí no se trata de Kundera, sino de la liviandad que se siente al escribir, experiencia que puede pasar de la nada al arte, o al crecimiento personal, en tanto no cause daño. Según Mallarmé, “el mundo existe para llegar a un libro”. Aunque Pitágoras jamás escribió para la posteridad, y Jesús solo una sola vez, pero nadie leyó los trazos que hizo sobre el polvo.  Hay quien piensa que un libro es un ser sagrado, aunque carezca de poder para cambiar, escoger a su lector o responder a las preguntas que se le hagan. Para el creyente, su dios escribió dos libros, el texto santo donde muestra su voluntad, y el mundo de criaturas que muestra su potestad. Según Bloy, los humanos somos palabras, letras o iotas del libro mágico que es la tierra. Todo escritor trata de emular esa pujanza creadora, esa voluntad expresada. Antes de superar lo inmediato, escribiéndose, el escritor comúnmente interpreta la realidad abordándola desde la belleza o el romanticismo, para luego atreverse con el horror de la vida. En algún momento derrama en chorros de letras su existencia, bien porque esta no destaca ante las restantes vidas, ocupadas en hurgar la propia, bien porque logró emerger de entre ellas y vuelve como minero sobre el filón descubierto, hasta agotarlo. El que se busca escribiendo crece, porque ahonda en su luz y oscuridad, mientras explora talentos y se aproxima a la aceptación total de sí mismo.  Algunos escritores se permiten ir más allá, en pos de su ser ideal o de Dios, que para el caso da igual, y encuentran que el egoísmo es ceguera, y el egocentrismo cadena que impide avanzar hacia el otro y hacia la trascendencia. A pesar de la rémora del ego, la persona escribe y escribe, hasta que despierta a lo interno y logra entenderse mejor, o se ve reconocida, y entonces cree haber justificado su vida. Ese anhelo de trascendencia es lo que empuja a todo ser pensante a tratar de descifrarse, si no lo agobia el trabajo diario por sobrevivir. Y si no escribe, pinta, compone, esculpe, diseña, idea, inventa, conoce, reflexiona, erige, ensambla, respira, predica, desperdicia, crea, cambia, experimenta, aprende, repite, sufre, goza, se multiplica, en fin, vive. Y después muere, confiando que el fruto de su talento lo sobreviva, lo que no depende exclusivamente del mérito de sus obras sino de los demás, haya o no escrito para ellos.
 

Pero, ¿existe alguien que escriba solo para sí? ¿No sería una autonomía infructuosa, además de desconocida? Por otra parte, ¿hay algún escritor que pueda prescindir de leer a otros? Todo artista de las letras lee, y lee mucho, antes y después de escribir las suyas, pues leer es la mejor forma de escribir la vida. Pocos profundizan el motivo por el cual se esfuerzan tanto en dar a luz palabras, entre tantas ya expresadas, muchas de las cuales jamás podrá superar, porque fueron las primeras o por resultar inmejorables. Muchos al escribirse no se observan objetivamente, se inventan, lo que es otra manera de crearse, sin que les importe terminar en una obra falsa, pues la mayoría de las creaciones humanas lo son, cuando no se quedan en simples símbolos de algo. Si alguien reconoce su talento, eso suyo que mueve al otro, puede que el elogio se convierta en tentación, pues lo coloca  peligrosamente cerca de esa forma elevada de soberbia que es el orgullo de la inteligencia, que conduce al mismo afán que siente un dictador, o cualquier otro mediocre con poder, cuando trata de adueñarse del mundo y de figurar en él para que lo tomen en cuenta, de elevarse por encima de las demás cabezas para compensar la falta de amor por sí mismo, y alcanzar el privilegio de ajustar impunemente la realidad a su criterio o voluntad, a costa de quienes valen más que él, aunque destaquen menos. Sin duda, el peor crimen es imponer las propias ideas y necesidades al prójimo por medio del engaño, la alienación masiva o la fuerza. La única excusa es que siempre se trata de un crimen nacido del miedo, que es ausencia de amor. Si el escritor cae en el lazo de creerse especial o superior, y se separa de sus semejantes,  canjea inteligencia por intelecto, humildad por vanidad, sapiencia por estupidez, honores por soledad y paz por sufrimiento. No obstante, que eso ocurra o no es irrelevante, una simple muestra de la incuestionable levedad del ser humano, porque el individuo o la especie entera nada suponen, como presencia o extinción, dentro del universo al que creen dar un centro. El ser humano solo es importante para sí mismo,  y a veces ni siquiera, o no se autodestruiría tan a menudo, incluso cuando intenta crear benéficamente. Por fortuna, hay quienes escriben bien, o muy bien, en la vida.
 
En ciertos casos, el escritor que va tras la belleza, el arte, la perfección, el sentido de la vida o cualquier otra idealización, enturbia a menudo su dinámica con el vaho de las pasiones sombrías, de las codicias absurdas, de las cualidades estériles, de los grandes logros irrelevantes, de las sensaciones y placeres inanes, del esfuerzo por dejar su huella sobre una tierra demasiado marcada por otras pisadas, que se entrecruzan con un propósito que al presente nadie conoce. Con todo esto no pretendo ser moralista o escéptico, ni tampoco alertar a nadie. Después de trabajar por más de treinta años en labores humanitarias sin fines de lucro, cada vez me acerco más al convencimiento de que no nos incumbe reanimar la conciencia del otro, a menos que lo precisemos para activar la propia y perder el sueño. Pues cuanta más lucidez, mayor es el insomnio de la conciencia. Esta no es desinteresada, pues quien escribe queriendo despertar a otros lo hace para que entren en su sueño, para validarse, para sentirse bueno. Es su derecho, porque se trata de su tiempo de vida, y hay peores maneras de gastarla. Aunque el que juega a salvador tenga siempre algo de depredador, pues como este también necesita de una víctima.

Cuando el artista de las letras comienza a serlo, y después, se ve asaltado por la pedantería intelectual, la incomprensión de lo prosaico, el anhelo de reconocimiento, las relaciones interesadas, los costos sociales y privados, la mediocridad que plagia y envidia, y otras mil cabezas que se levantan y oscilan amenazantes para que el autor pueda descubrir que él es el tronco de esa hidra a la que debe decapitar, nacida de sus recursos, herencias, experiencias y creencias, y logre evolucionar hasta convertirse en la mejor de sus posibilidades. Mientras corta una a una las venenosas cabezas, inevitablemente se verá importunado por el ubicuo individuo carente de talento que se acerca con el interés o la envidia por objeto, y puede suceder también que dé un afortunado paso en falso que lo derribe a los pies de su hidra particular, pudiendo ver desde abajo que está castrada de todo lo que no es trascendente. Las miserias y el fracaso, si algún sentido tienen, es el de despertar la conciencia a favor de la renuncia y el desapego.
La identidad humana pervive mientras la persona se crea tal, así como la piedra seguirá siendo piedra mientras a sus átomos los una la conciencia de que son piedra y no otra cosa. Del reconocimiento sincero de la pequeñez y levedad que limitan nuestra condición humana, sea que escribamos o no, surge el ser que no se deja estafar la vida por el orgullo y la necesidad, hijos del miedo. Pero este tiene algo bueno, puede disuadir de buscar el éxito. Cuando alguien logra salir de la masa humana que obstaculizó su camino y destaca por su éxito, el mundo lo premia con el peso que descarga sobre todo triunfador, pues esa masa desconfía menos de la bajeza que de la grandeza, a la que odia por saberse excluida de ella, replicándose en unidades indiferenciadas, que solo se distinguen por una labor o característica que sostiene al conjunto. A pesar de todo, no se escribe en vano, salvo que se haga por el mal o por la gloria de contar con admiradores o críticos. En cuanto a estos, quien lee a otro y lo detracta o alaba, sin ser capaz de escribir para escribirse, no pasa de ser la sombra muda de una vida, algo que indudablemente alienta, pero apenas.

Tal vez, no lo sé, pues no me cuento entre ellos, los verdaderos escritores, sobre todo si no son conocidos, desdeñan medir con letras el valor de otros hombres, y se dedican a vivir sin teorizar en exceso, pues la racionalidad pura acalla facetas no menos reales e importantes en la persona. Tal vez el silencio sea el único acorde verdadero, y las palabras dichas o escritas, incluyendo estas que lees, no pasen de ser simples notas falsas o un vulgar preludio de dicho acorde. Puede que la nada sea sencillamente una ilusión, como la vida, y nosotros, portadores de ambas, un iluso resto de polvo de estrellas dentro de un universo excesivo, tan dilatado que los logros de los más preclaros hijos de la humanidad no son importantes más que para ella, y su desaparición pase totalmente desapercibida dentro de las grandes manos vacías que sostienen al infinito. Si se prescinde del reconocimiento ajeno como meta, entonces vale la pena escribir, por intentar triunfar sobre las propias limitaciones. La modestia de quien renuncia a ser valorado lo conduce generalmente a conocerse y amarse mejor, a bordear el abismo de la fama sin caer dentro de él, a la humildad de aceptar que siempre han de faltarle tiempo y fuerzas para llevar a cabo su mejor obra. Cuando renuncia a ser inmortal, según lo que nuestra especie concibe como inmortalidad, y acepta que la nada no puede subir al cielo, entiende que lo que busca ya lo lleva adentro, porque allí lo sembró con esa aceptación, esa rendición, esa decisión que opta voluntariamente por ser y no por hacer para parecer más grande.
Yo creo que la experiencia humana bien vivida se justifica porque nos lleva a comprender lo que no somos, y a descubrirnos por contraste. Es entonces cuando comienzan a desaparecer los miedos, que en el fondo se reducen a uno solo, el rechazo a la aniquilación total y definitiva. La humanidad, proclive al autoengaño, se ve a sí misma como un bello animal racional, capaz de elegir su cuerpo, su destino y su tumba. Para probarlo se llena de modas efímeras, de crueldades innecesarias, de separaciones y escapismos insuficientes, de metas cambiantes, de consuelos póstumos inútiles, que la sociedad impone con el fin de lograr que todos sus miembros se pasen la vida tratando de ganársela. Y los individuos así alienados se apoyan y se atacan sin cesar, empeñados en desafiar con acciones absurdas y banales a la figura desnuda hasta los huesos que ineluctablemente se los llevará uno a uno para depositar lo que quede de ellos, si algo queda, en el lugar donde todo se reúne.

Al que filosofa o escribe, para sí y para otros, se le dificulta dejar de hacerlo, pues con ello pretende desafiar a la guadaña. Busca definirla para dejar de temerla, asignándole un nombre, un texto, un hecho o una causa, queriendo alejar su propia intolerable insignificancia al soplar hacia la muerte ese poco de viento que le sirve para hinchar las palabras, sin poder impedir que ella a su tiempo le suprima la lengua, le detenga la mano, le ciegue la mente, le pare el latido y el flujo de la creatividad, le sorba el aliento postrero, amarilleando sus obras como hojas secas hasta que se conviertan en polvo y olvido. Por consolarse, la conciencia que despierta afirma que la muerte no es más que una amnesia, un volver al lugar donde estuvimos antes de nacer, una nada que no admite desafíos desde la inteligencia, sino, y si acaso, desde el amor. Y se pone a buscar a este sin saber exactamente en qué consiste. La moral de todas las épocas ha propuesto sucesivamente sobrevivir, conquistar, vivir, vivir bien, tener de más, ser, trascender, matar a Dios, reemplazarlo. Y el minúsculo ser humano cree hacer algo inmenso al obedecer la voz de su tiempo, sin darse cuenta que la vida lleva consigo a la muerte como él lleva adentro su esqueleto. De esa forma repite, siglo tras siglo, con pocas variantes, el círculo vicioso de búsqueda que va desde el vagido al estertor con el que termina la agonía de sus horas asesinas, pues cada una viene de matar a la anterior.
En la vida todo es muerte. Y viceversa. Pues el cambio es incesante y alcanza a cuanto vive. Por ello, entre otras razones, y en este mundo donde todo termina sin que nada se acabe, el camino que veo abierto ante mí es el que acepta todo, vida y muerte, incluso el presente, sin idealizar la realidad. Jamás tendremos más de la vida que el instante actual, aunque ella nos posea mientras vivamos. Pareciera que la verdadera grandeza, que solo aplica a los propios ojos, comporta una especie de generoso abandono, un cambiar las adicciones por simples preferencias, una indiferencia hacia el temor a perder o a ser derrotado, una aceptación total del cambio inevitable, un desinterés sincero por el oro y el oropel, si es que se pretende tomar el pulso a lo trascendente, a lo inmaterial, al mejor de los posibles dentro de esa realidad finita que nos toca dentro de lo infinito.

La obra perfecta, según Wilde, es la que menos concierne a su autor. La incertidumbre, según afirma alguien a quien aprecio, es también una conducta, una actitud determinada ante el cosmos. Él afirma que su liviandad es abismal y, por lo mismo, trágica. Una danza que baila a la orilla del vacío, un juego sobre carbones ardientes, algo que relativiza lo concreto y lo inmediato. Quizás la valentía de elegir vivir sin asirse a nada sea parte y voluntad de La Gran Nada con la que Meister Eckhart definió a Dios, y solo desde ese desasimiento que tanto asusta al ego, porque le cuesta su existencia,  podamos acercarnos a lo que creemos trascendente e inmortal, sin que aspirar a ello redima nuestra leve naturaleza humana. Esta, aunque signifique poco o nada dentro de un infinito en expansión, que tiende a otro mayor, cuenta para quienes la portamos, gozamos y sufrimos. Si esta vida es un sueño, como ya lo han dicho, entonces se trata de que no sea pesadilla vivirla y morirla de la mejor manera que cada quién sepa, pueda y elija hacerlo. Al fin y al cabo, se trata de nuestra respectiva y única existencia, aunque en su mayor parte la experimentemos con y para otros. Y con esto concluyo esta levedad escrita. Hasta el próximo encuentro.

martes, 16 de julio de 2013

LO NEGATIVO DEL PENSAMIENTO POSITIVO



La publicidad nos vende productos, creencias y necesidades mediante actores y modelos de sonrisa perenne, cuyo mensaje subliminal es que poseer cierto aspecto u objeto equivale a ser feliz. El publicista sabe que el ser humano prefiere la comodidad y el facilismo, que tiende hacia las soluciones de mínimo esfuerzo, que puede ser convencido de poner una fe ciega en objetos, técnicas o personajes salvadores, que no aprende del hecho de verse repetidamente estafado, que para estimularlo a comprar siempre hay nuevas metas, soluciones milagrosas y tentaciones. Y entre las cosas que vende dicha manipulación masiva, están los talleres y textos de autoayuda que enseñan cómo la mente es capaz de materializar cambios o realidades sin necesidad de que la persona realice otras acciones, con tal de que se mantenga anclada en el pensamiento positivo, en un optimismo constante.


Son innegables los nexos entre cuerpo y mente, y los beneficios de pensar así, siempre que ese enfoque positivo sea realista y esté acompañado de una acción de cambio adecuada y oportuna. Si no, puedes romperte la cabeza visualizando la situación deseada, o la boca repitiendo decretos o plegarias, y todo seguirá igual o peor. Cuando el optimismo no es realista, distorsiona la percepción de los hechos, se cierra a otras opciones y puntos de vista, exagera el grado de control que se tiene sobre los eventos, expone a caer en los riesgos que se niega a ver, debilita las decisiones racionales y el pensamiento crítico, idealiza factores o personajes falibles, fomenta supersticiones, encuentra que el otro es el único culpable de sus males por ser tan negativo, con lo que le agrava la situación y le activa el autosaboteador interno, mientras el defensor de lo positivo pierde empatía, utilidad y objetividad. Concentrarse solo en la meta deseada, aparte de negar el presente por un futuro que quizás nunca llegue, resulta perjudicial si distorsiona o limita la visión global, si hace que el fin justifique los medios, si conduce al logro por caminos poco éticos, si hace perder tiempo con proyectos imposibles o que lleven a errores demasiado costosos. Además, si la mente es capaz de crear, es lógico pensar que cuando parte de un estado indeseado para imaginar su opuesto lo que hace es reforzar la realidad del primero. Ya que, si no lo cree real, ¿para qué cambiarlo?

Siendo el pesimismo tan evidente como su opuesto, ¿conviene ignorarlo? La respuesta humana es que sí, para entonces dedicarse a inventar y vender escapismos contra el miedo, el vacío, la soledad, el tedio o la tristeza. Sin embargo, esas soluciones temporales y puntuales deben consumirse y renovarse constantemente, porque solo son capaces de mitigar los síntomas, pero no las causas. Y he aquí otra vez a la publicidad creando necesidades y frustraciones nuevas, o reactivando las antiguas, para vender el remedio de moda, siempre cambiante, y seguir creando la ilusión de una realidad paralela que permita escapar de una vida que asusta porque carece de sentido.

El pensamiento crítico realista, aunque sea desagradable o se tilde de pesimista, resulta indispensable para mantener los pies sobre la tierra mientras los ojos se fijan en las alturas o en el más allá. Más que visualizar positivamente la situación deseada, el logro de la meta depende de ver con claridad el cómo hacer para obtenerla. Y eso es lo que la mayoría olvida cuando se pone a pensar en positivo. Nos gusta más vernos en el momento futuro del éxito que en el arduo camino para conseguirlo. Yo asistí a un costoso Taller de Poder Mental que deshidrató a los participantes, para luego pedirles saciar la sed imaginando que tomaban un enorme vaso con agua. ¿Resultado? Los visualizadores del agua mostraron un marcado descenso en sus niveles de energía, y continuaron sintiendo sed, mientras que los que participamos con fantasías negativas o neutrales fuimos a buscar agua y luego nos sentimos bien, a pesar del regaño de la facilitadora del taller. Imaginar el objetivo pareció privar a los visualizadores de agua de su “levantarse e ir por”, como si ya hubiesen logrado el objetivo, pues el cerebro humano puede convencerse de que cuanto imagina, desea o teme es real, pero no pasa lo mismo con el resto del cuerpo y del mundo. Hace unos meses en California, USA, 21 personas resultaron quemadas tras caminar descalzas sobre brasas en un evento llamado Desata el Poder Interno, a cargo del famoso orador motivacional Anthony Robbins. Aun así, uno de los participantes con los pies chamuscados y el cerebro lavado, afirmó: “fue mi culpa, no supe alcanzar mi estado máximo”. Ante casos como este, es obvio que la humanidad sigue estando lejos de las poderosas mentes autosuficientes que promete el Transhumanismo.

Vivimos en un mundo donde cada religión se vende como dueña única de la verdad, donde la publicidad alienante mueve de aquí para allá a la gran masa de borregos que compran lo que está de moda para sentirse actualizados y queridos, donde las conciencias, valores y derechos humanos se venden al mejor postor, donde los astrólogos y brujos venden rituales y elementos favorables o retrógrados, donde un amuleto, taller, libro, profecía, cristal,  piedra o prótesis estética tiene un alto precio porque asegura que cambiará la suerte o la vida del comprador. Este es un mundo donde el iluminado comercializa con dolores y esperanzas para los que ofrece sus remedios mágicos, y donde el más beneficiado en cuotas de dinero y poder es el líder político más demagogo y oportunista, primer sacerdote del Dios Dinero que mueve todas esas añagazas. El optimismo tiene muy buena prensa y no es para menos. Vende mucho.
En lo personal, dejo que las emociones, sensaciones y deseos surjan y pasen, y me detengo a observarlas sin calificarlas como positivas o negativas, luego las priorizo y entonces actúo, aprendiendo del resultado de mi acción. Porque no solo somos mente, sino también cuerpo, emoción y espíritu. Te propongo reconsiderar las emociones y situaciones negativas, dejando a un lado el falso optimismo. El pensamiento positivo constante se parece menos a una expresión de alegría y más a un esfuerzo agotador e inútil por negar la realidad de lo negativo. El pensador positivo no puede relajarse, no sea que aparezca la conciencia de lo que no le gusta. Repetirte continuamente que todo está bien es una mala preparación para los momentos malos, y si eliminas la palabra fracaso en tu vida, como recomiendan muchos textos de autoayuda, vas a tener un vocabulario insuficiente cuando este te golpee. No tienes por qué ser todo el tiempo una persona afortunada, feliz o exitosa. Sé que es el tipo más popular, pero también el menos confiable a la hora de una necesidad.
El optimismo obligado es un autoengaño tonto e insostenible. Desear lo bueno es parte de la motivación vital y de la inteligencia práctica, pero no podemos quedarnos solo en el deseo, la visualización o la plegaria, eso es fantasía y comodidad. Las cosas se alcanzan con trabajo y crecimiento diario, con aliados activos y trabajo en equipo, aceptando la realidad tal como es, sin negarla ni idealizarla. No hay ayudas mágicas, a pesar de lo que dicen los videntes, brujos y religiosos. El materialismo disfrazado de espiritualidad te hace creer que tu prosperidad es la voluntad del Universo, para cobrarte por ello, y es peligroso, pues enseña a la gente a vivir con muletas, y a soñar con tener sin aprender a ser. Luego, la imposibilidad de sanar las carencias a punta de rezos, amuletos o afiliaciones a sectas religiosas o a partidos políticos crea la masa de frustrados, resentidos, mediocres, envidiosos, facilistas y depredadores que aceleran la separación, el miedo, la violencia, la codicia, el abuso y la destrucción por doquier.
Entonces, ¿cómo sacarle provecho al pensamiento negativo? Primero, aceptándolo como parte de nuestra dualidad, porque esa aceptación trae paz. Desde esa paz, se puede priorizar con más acierto las acciones, tomando en cuenta los obstáculos y costos que afectan el avance hacia el objetivo. No viajes hacia este en compañía de la culpa, conviene recordar que los únicos que no cometen errores son los muertos. Mientras vivas, ¡vive! Sé tú, no te compares con los demás, no cedas tu autenticidad por tratar de seguir metas y caminos ajenos, olvida los números limitantes a favor de lo incontable, no tapes el sol con un dedo ni con una carita feliz. Con un puntico de optimismo realista elijo pensar que este post, aun si es el menos popular y comentado del blog, abrirá los ojos de alguna persona para que decida asumir el protagonismo consciente y libre de su propia y única vida.
 
 



sábado, 11 de mayo de 2013

TRANSHUMANISMO


Para compensar la ausencia desde Febrero hasta hoy, ofrezco a mis lectores un ensayo algo extenso basado en los que otros han publicado sobre este tema, a fin de seguir compartiendo  y creciendo juntos en el blog y en la vida.

Desde los antiguos mitos de semidioses a los recientes films como Supermán, Blade Runner, Gattaca, Matrix, entre tantas películas, animes, series de T.V, libros o leyendas cuyos héroes exhiben poderes y capacidades superiores, el ser humano sigue idealizando la posibilidad de vivir libre de enfermedades, vejez y muerte. El avance biotecnológico se la acerca aceleradamente. La teoría del Pensamiento Positivo, la Psiconeuroinmunología y otros enfoques sostienen que cuerpo y mente están unidos.  El Transhumanismo (H+) es la postura extrema a favor de una drástica superación física y cognitiva de la naturaleza humana. Bostrom y otros de sus representantes ven necesaria la transformación del ser humano a transhumano, un nivel superior al de cualquier persona de hoy, para dar paso al estadio ideal de posthumano, donde el ser (sea natural o artificial) viviría 500 o más años sin deterioro importante y sin estar preso de sí mismo o de este planeta, con un intelecto dos o más veces superior al de un genio moderno y con un cuerpo conforme a sus deseos, capaz de engendrar copias idénticas, de transferir todos sus conocimientos y memorias a otro receptáculo orgánico o artificial, y de dominar sus emociones sin padecimiento psicológico alguno. El H+ ve a la tecnofobia como un obstáculo que limita su derecho a evolucionar, y desdeña la posibilidad de que un desarrollo exagerado de la tecnología o su uso indebido agote los recursos naturales del mundo o lleve a la extinción de nuestra raza o de cualquier especie, porque para él la vida humana no tiene más valor que otras vidas, y definitivamente le vale menos que la existencia de una inteligencia superior, incluso una de tipo artificial o extraterrestre. Reduce la naturaleza humana a pura materia orgánica y la mente a simples conexiones neuronales. Aprueba la eugenesia prenatal, para impedir que nazcan seres enfermos, defectuosos o débiles mentales, y la nanotecnología para introducir en la sangre microrrobots más pequeños que células, con el fin de modificar el ADN, eliminar virus, retardar el envejecimiento o potenciar las facultades físicas o mentales, como ya se hace a mayor escala mediante implantes auditivos, ópticos o cardíacos o prótesis de miembros. Defiende el uso de fármacos y psicotrópicos para liberar la personalidad de taras como la inseguridad, la poca creatividad o la timidez, y alcanzar estados alterados de conciencia equivalentes a experiencias paranormales y espirituales, aunque su postura tiende más al laicismo que a la del creyente religioso. Aprueba emplear la criogenia hasta que se descubra la solución terapéutica que requiera el caso congelado, y admite la experimentación con animales vivos, humanos o no. No incluye en la categoría de persona a embriones, fetos, discapacitados, individuos privados de racionalidad, en estado vegetativo o en coma, entre otros casos a los que contempla suprimir, pero sí le da importancia de tal a una máquina o a cualquier ser dotado de inteligencia racional activa. Defiende como un absoluto el progreso científico y el derecho de nuestra especie a ser más que humana. Kosko, un conocido transhumanista, afirma que nuestra especie no representa el fin de la evolución, sino su comienzo, y que “constituye apenas una primera y sucia forma en que la naturaleza ha computado posibilidades en carne”. Sostiene que la tecnología, no la religión o la biología, es la ciencia de la vida, y que los chips son el destino.

El proyecto transhumanista parece atractivo porque la raza humana dista de ser ideal, dadas sus limitaciones físicas y mentales, sus enfermedades, su desconocimiento sobre casi todo lo que existe, incluyéndose, la brevedad de su vida, sus repetidos errores, su inclinación a la violencia, la codicia, la crueldad, el utilitarismo despiadado, el ataque, la envidia, el placer a cualquier coste y el afán de poder, entre tantas otras características negativas innegables, algunas de las cuales basan dicho proyecto transhumanista. Podría decirse como excusa que si no fuésemos violentos no podríamos defendernos, sin ambición no tendríamos tecnología y mejoras en el hábitat (aunque también lo hayamos dañado irreversiblemente), sin el odio no conoceríamos el amor, sin el afán de posesión no seríamos leales a nuestros allegados, etc. Pero eso solo demuestra que somos una especie compleja, compuesta de luz y de sombra, que avanzamos poco a poco desde ambas, que el reduccionismo con el que nos describe el transhumanismo está lejos de definirnos, que el mismo supone un costo moral y ético aterrador al plantear suprimir a los ejemplares “inferiores”, que inevitablemente habrían diferencias entre las ventajas y derechos de las criaturas humanas perfeccionadas y las menos capacitadas mientras ambas coexistan, que sería terrible aguantar a un dictador megalómano mandando por más de 500 años, que la eficiencia de una inteligencia artificial, por superior que sea, no puede sustituir la riqueza emocional ni los gestos, creatividad e iniciativas naturales de un ser humano común y corriente, que la posición transhumanista es otro resultado de la cultura mercantilista y utilitaria propia de nuestra sociedad de consumo, en la que no importa quién eres sino cuánto tienes o qué haces y logras.

El transhumanismo omite por completo el problema del acceso desigual a la tecnología, que inevitablemente dotará con más poder, control y recursos a los individuos y países que ya son los más poderosos y deciden los destinos de las masas pobres, manipulables e ignorantes. Abogar a favor del mejoramiento de la condición humana interviniendo su genética y otras dimensiones, confiando en que esa manipulación será hecha sin egoísmo, con altruismo y criterios justos y equitativos orientados al bien común, es una postura francamente estúpida, considerando los siglos de historia ensangrentada por la codicia y el afán de poder, los regímenes totalitarios que siguen existiendo, los discursos socialistas llenos de demagogia e incongruencias, las culturas y gobiernos que continúan siendo injustos a la hora de discriminar, excluir, dominar, abusar, mentir, matar o asumir cualquier otra conducta punible, con tal de favorecer a sus intereses. Obviamente, ni vale la pena hablar de las dificultades que plantearía el decidir qué es o no es normal, necesario, superior o deseable, quién debe vivir y quién no, o si tales decisiones estarían a cargo de científicos, de tecnócratas, de un comité compuesto por los más ricos e influyentes, del poder estatal o del azar, entre otras variables y aspectos del proyecto H+.

Es paradójico el deseo transhumanista de querer mejorar la raza humana para que deje de ser humana, o que admita reemplazarla por otros organismos o artefactos siempre que sean más inteligentes y longevos. Como muchos, yo sostengo que cada ser humano nace con una dignidad y un valor especial intrínseco e insustituible, más allá de relativismos físicos o intelectuales. Si no tiene valor en sí mismo ¿de qué vale hablar de mejorar su calidad de vida? Dejar fuera del bien común o pensar en extinguir a los casos tildados de subhumanos, según parámetros de evaluación que nadie tiene derecho a asumir como acertados, no es un criterio que pueda venir de una posición, de una fantasía, de un consenso o de cualquier otra fuente, sin que suponga retroceder a la barbarie más primitiva, representada históricamente por conquistadores, esclavistas, mandatarios absolutistas y nazis. En cuanto a que la perfección física e intelectual asegure la felicidad, todos sabemos de casos que demuestran tal falacia, y conocemos personas que tienen enfermedades o limitaciones y son más felices y útiles a sus semejantes que esos ejemplos de una supuesta perfección. Lo que nos hace felices no es un bien que pueda medirse con un experimento científico, como no pueden medirse la nobleza, el amor, el valor o la amistad. ¿Por qué rendir culto a la ciencia, y hacer de ella otra religión, cuando sabemos que a menudo se equivoca, se contradice e incluso retrocede? Yo la considero una prueba evidente de las capacidades humanas, pero no la mejor de todas. Por otra parte, mejorar nuestra especie no puede limitarse a lo físico o intelectual, sin incluir lo moral y otros campos que forman parte de su compleja realidad y de sus necesidades. Precisamente la imperfección y fragilidad del ser humano es lo que da valor a sus progresos y logros y lo que posibilita que vea las cosas desde posiciones diferentes, incluyendo sin ir más lejos la del transhumanismo. Este tampoco toma en cuenta que son impredecibles los costos y resultados de los intentos por guiar la evolución biológica, que la clonación de animales es proclive a errores y afecta al embrión, que destruir a este o a un ya nacido por tener patologías o limitaciones congénitas es atentar contra el derecho a vivir de un ser indefenso, que no existe ni un solo camino ético dentro de la manipulación genética humana, que su condición de mortalidad es lo que permite paulatinamente a nuestra raza adaptarse y aprender a ser mejor sin aferrarse a nada.

Está fuera del alcance humano lograr un tope donde el individuo o el universo no cambien, pero hay que alcanzar el cambio con inteligencia y sin brusquedades o imposiciones que luego deban lamentarse. Que el progreso tecnológico vaya acelerándose no implica que nuestra especie pueda pasar a ser otra con la misma rapidez y sin pagar un alto precio por ello. Con tantos precedentes en contra, es muy probable que a los que buscan forzar un salto evolutivo irreversible, el asunto se les vaya de las manos y acaben asegurando la extinción humana. Podemos, desde una posición más prudente, seguir mejorando las bases de justicia social y las condiciones de salud y bienestar integral en las que vivimos, sin que la meta sea auto sustituirnos por cuerpos e inteligencias artificiales. Me niego a ser reemplazado por una computadora, aunque sé que no destaco por mi intelecto tanto como por otras cualidades, y dudo que una máquina pueda sentir, pensar o escribir con la autenticidad y libertad con las que yo lo hago en este momento. Fukuyama define al transhumanismo como “una de las ideas más peligrosas del mundo”. Sin negar la ambición y afán de poder que domina la especie depredadora y contradictoria que somos, y la necesidad que tenemos de aspirar a un progreso tecnológico real, consciente, progresivo y adecuado, yo estoy de acuerdo con el alerta que nos da este filósofo. Y considero que el punto de partida debe tener muy claros cuáles son los requisitos por los que vale la pena vivir y morir. Lo demás, incluido el alto costo de tecnologías como la biomédica, el creciente deterioro del planeta, los valores humanos en decadencia según el punto de vista de la moral vigente, son consecuencias de la irracionalidad ambiciosa que, aun viniendo de grandes pensadores, forma parte de esa sombra humana, de esa oscuridad interna que con la excusa del bien conduce al autosabotaje, a la explotación de los más indefensos, sean árboles o humanos, y finalmente a la propia aniquilación.

 

 
 

jueves, 10 de enero de 2013

EL DIOS DINERO


Nuestra sociedad adora al Dios Dinero. Esta divinidad nació en el Asia Menor con el pueblo lidio, creador de las primeras monedas, mientras el trueque regía el intercambio comercial en el resto del mundo. El término dinero debe su nombre al denario romano. Los chinos fueron los primeros en idear y usar el papel moneda, menos pesado que las piezas de metal y otros objetos de negociación, allá por el siglo IX. Los templarios y judíos inventaron las cartas de crédito y los depósitos monetarios, en la Europa del siglo XVI. Actualmente cada país cuenta con su propia moneda y decreta el valor que ésta representa. Su Banco Central imprime el dinero legal, y los bancos privados funcionan con el dinero bancario o electrónico, basado en el crédito que cada institución negocia con los depósitos de sus usuarios. Se estima que el dinero circulante está respaldado por bienes y metales preciosos, pero su valor fluctúa con la oferta y la demanda de la economía nacional y mundial. Cuando el dinero no está respaldado por un activo tangible, se llama dinero fiduciario. En los casos mencionados, la riqueza material es el resultado de un pacto social, donde unos entregan sus bienes y servicios a otros a cambio de símbolos monetarios. El dinero es imprescindible para vivir en esta sociedad de consumo, no hay duda, pero eso no significa que nuestro tipo de sociedad sea imprescindible ni tampoco el mejor para la felicidad y el verdadero bien del ser humano.
Por tratarse de la Humanidad, cuyo lado oscuro es bien conocido por ella misma y por el resto del planeta, inevitablemente en el tema del dinero surge el mal habido por individuos u organizaciones criminales, que lavan el producto de sus delitos cambiándolo por bienes aparentemente legales, creando bancos falsos, apoyándose en el secreto bancario de las instituciones financieras, corrompiendo o sobornando. La alienación colectiva mantiene atada a esta sociedad de consumo con fuertes cadenas como el miedo a la escasez y las adicciones al poder, al placer o a la afectividad, permitidas según el dinero que cada quien posee. La inmunidad que éste confiere a los muy ricos, el egoísmo, la codicia, la ostentación, la delincuencia, el engaño, el despilfarro, la necesidad de ahorro e inversión para poder vivir en seguridad, coexisten junto con el crecimiento verdadero a nivel personal y colectivo, y con los escapismos, la falta de sentido de la vida, la separación en clases socioeconómicas y las discriminaciones. El fantasma del vacío interno asusta y exige una meta material tras otra, así como  comprar continuamente cosas y diversión, sin verse saciado por éstas. Todas son variables directamente relacionadas con el tema constante del dinero. En nuestro mundo no hay quien no asocie la necesidad creada y aprendida de tener dinero con la de sentirse aceptado, respetado y realizado, ni con la condición indispensable para satisfacer desde las necesidades básicas hasta las superfluas. Y en ese afán de ser ricos para gozar al máximo de la existencia y escapar a sus males, se nos va la vida. Lo cual es todavía peor cuando usamos a los demás, incluso perjudicándolos, para enriquecernos. El dinero cambia a las personas poco auténticas, es el bien más codiciado, incluso más que la paz o la salud, y por eso se crean continuamente necesidades ilusorias cada vez mayores que motivan el ansia insaciable de dinero, prestigio y poder. La mayoría valora a los demás por sus posesiones, por el nivel de salario o la clase social que tienen, asocian la felicidad con el tener y el hacer en lugar de con el ser, y su trato con respecto a los otros varía según cambian sus medios de vida. Triste expresión ésta, que rara vez incluye las cosas dadas gratis por la naturaleza, como el aire, la comida o el agua. Aquellos que sustentan al materialismo reinante con la excusa de que el dinero es una energía neutra, ni buena ni mala,  pero indispensable para vivir, cierran los ojos ante la realidad del poder que ese dios exigente y devoravidas tiene a la hora de dominar y malear a las personas, dentro de una sociedad alienada y alienante en la que muchos valores y derechos humanos ya tienen precio monetario o simplemente han desaparecido.

¿Qué he planteado que resulte nuevo? Nada que no sepas por experiencia y observación propias. ¿Te he motivado a cuestionar tus hábitos de vida y a redimensionar la importancia de lo material dentro de tu esfuerzo diario por alcanzar logros y seguir viviendo lo mejor posible? Seguramente no. Entonces, ¿de qué sirve lo anterior? De base para la siguiente reflexión: Acabamos de superar un anunciado fin de mundo, orquestado y manipulado por intereses oscuros, que quedó desmentido por el hecho de que yo escribí y tú estás leyendo estas líneas. Pero el fin de tu mundo individual es tan inevitable como el mío, porque todos moriremos a la hora que toque a cada quien. Y en la lápida aparecerá, sobre las mentiras usuales que enaltecen como especial a la vida allí enterrada, un par de fechas, la de su nacimiento y la de su muerte. Y ambas fechas estarán separadas por un guioncito, por una rayita que simboliza todo, absolutamente todo lo que esa vida significó, hizo, sufrió y gozó en este mundo. En mi caso todavía estoy a tiempo de llenar el símbolo que representa ese guión no con otro símbolo, como es el dinero o la apariencia, sino con pensamientos y acciones reales que no sean metas ajenas, que verdaderamente respondan a lo que mi capacidad para el amor me permite hacer por ti, por mí por los demás. Cada persona traza su destino de acuerdo a sus creencias, a sus aprendizajes, a sus recursos y a su voluntad. Estas cuatro patas sostienen su mesa en el banquete de la vida. Apoyémonos entonces sobre aquello que más nos sirva para hacer de este año que comienza un período diferente y mejor que los años ya vividos. Al fin y al cabo, cada uno es el protagonista de su vida y ella tiene un valor que no le da el dinero, sino el hecho de ser la única existencia que vivirá con su cuerpo actual. Si algo valioso nos  podemos llevar para el otro lado del tiempo, será lo que hicimos en este lado con el amor, que es lo opuesto al miedo. Y el consumismo desenfrenado y manipulado, que es el objetivo del endiosamiento del dinero, indiscutiblemente viene del vacío interno que produce el miedo. Sería estúpido (por remitirme al tema anterior del blog acerca de la Estupidez Humana) interpretar este texto como una invitación a vivir dentro de esta sociedad con todas las necesidades cubiertas y sin tener dinero. El planteamiento va orientado a ser capaces de diferenciar entre lo realmente necesario y lo superfluo, entre valorar la vida y establecer sus prioridades según el dinero, y el saber vivir sin ser su esclavo ni perder de vista los verdaderos valores y bienes que supone estar respirando en este planeta. En consecuencia, tú decides si pasarás dentro del amor o del miedo la mayor parte de los días que te quedan por vivir. Si te conviene o no hacer caminos nuevos, reenfocando tu sistema de valores y de prioridades. Tienes todo el derecho de elegir. Por mi parte, ya lo he hecho. Este culto, como cualquier otro, puede resumirse con unas pocas líneas en negrilla.  Feliz 2013.

jueves, 22 de noviembre de 2012

LA ESTUPIDEZ HUMANA


“Hay dos cosas aparentemente infinitas: el Universo y la estupidez humana. Respecto al Universo no estoy seguro” (Einstein). “Todos los que parecen estúpidos, lo son. Así como la mitad de los que no lo parecen” (Voltaire). “¿Estupidez humana? Lo de humana sobra, realmente los únicos estúpidos son los hombres” (Goethe).

Tal como afirmó Goethe, es redundante hablar de la ESTUPIDEZ HUMANA. Y la gente que mejor la representa es la que primero salta en defensa de la inteligencia humana, cuando se la cuestiona. Pero no existe la estupidez fuera de nuestra especie. ¿Quién puede tildar de estúpido a un animal, un vegetal, un mineral, un astro, un alienígena o un dios? Nada más necio que negar o minimizar la estupidez humana, o considerarse totalmente libre de ella. El mal uso del inteligentísimo avance tecnológico, ¿no tiene al planeta al borde del desastre? Y pasando de lo colectivo a lo personal, ¿quién, incluyéndome, no ha hecho algo increíblemente tonto en su vida, o incluso repetido esa acción a pesar de sus consecuencias? Es verdad que hacer una idiotez o dos no nos convierte en personas estúpidas, y que la vida parece ser un aprendizaje basado en cometer errores para aprender de ellos, entre otras cosas, a perdonar y a perdonarnos por no ser perfectos. Pero no es menos cierto que la estupidez se manifiesta abundante y repetidamente a lo largo de nuestra historia. De hecho, el tema ha preocupado a la población más inteligente (incluyendo a los tres personajes citados al inicio), a causa de los altos costos que la estupidez representa para la humanidad. Voy a obviar la definición de estupidez -cada quien tiene la suya- pero sí formularé cinco postulados fundamentales planteados por investigadores del tema:

I. Es inevitable subestimar la cantidad de personas estúpidas: La actividad de la población inteligente y proactiva es entorpecida a diario y en el peor momento por la gente estúpida que ocupa lugares claves en el trabajo, en la calle o en la vida. Ocurre también que alguien que siempre hemos considerado inteligente, pasa de repente a cometer errores frecuentes y graves que cambian negativamente su existencia o la de otros, aumentando el número de las personas estúpidas, sin que valgan arrepentimientos tardíos. Ese factor variable del inteligente que de pronto actúa como imbécil o irracional impide cuantificar la población de estúpidos y asignarle un porcentaje fijo dentro de la humanidad. También puede darse, aunque con menos frecuencia, que una persona habitualmente necia pase a pensar y actuar de manera inteligente. Da y quita esperanza esta fluctuación entre inteligencia y estupidez. Pareciera que vivimos una existencia formada por dualidades, sueño-vigilia, bien-mal, negro-blanco, rico-pobre, creyente-ateo, estúpido-inteligente. ¿Sería estúpido dudar de nuestra realidad y pasar a considerarla como una ilusión o un sueño, tipo pesadilla?

II. La probabilidad de que alguien cometa una estupidez es independiente de su grado de inteligencia o de cualquier otra característica de esa persona. Nadie se considera a sí mismo realmente estúpido, y si se da cuenta de que lo es, resulta que ya lo está pensando desde su parte sana o inteligente. En su conocido libro Rebelión en la Granja (1945), Orwell dice que todos los humanos son iguales, aunque algunos son más iguales que otros en cuanto a su grado de estupidez. Tras prolongados estudios demográficos, el investigador Cipolla sostiene en su obra Alegro ma non troppo (1988) que la estupidez es genética y aprendida, pero que no está asociada a raza, sexo, nacionalidad, edad, profesión o nivel cultural. Curiosamente no menciona a la religión, la cual considero que no puede obviarse dentro del análisis de los factores que producen muchos casos concretos de la estupidez más elevada. Tampoco habla específicamente del militarismo o de las guerras, pero ¿puede existir algo más peligroso y estúpido que alguien armado y lleno de miedo o de ira, es decir, emocionalmente perturbado? Bueno, sí: las corridas de toros, el boxeo o el fanatismo de cualquier tipo, como otras tres muestras de los extremos a los que puede llegar la estupidez de nuestra especie.

III. La estupidez de la persona es proporcional al costo, pérdida o perjuicio que causa a sí misma y/o a otras. En tal sentido, el individuo estúpido admite cuatro clasificaciones que se interrelacionan, pudiendo la persona pasar de una a otra u ocupar varias, según el caso:

·         Estúpido Infeliz: aquel que se causa un perjuicio a sí mismo, mientras beneficia a los demás.

·         Estúpido Conveniente: aquel que se beneficia a sí mismo de manera pírrica, beneficiando a otros. Casi siempre esta clase de estupidez está sujeta a las circunstancias.

·         Estúpido Bandido: aquel que obtiene beneficios para sí mismo, perjudicando a los demás. Muchas veces tiene una relación fluctuante con el caso anterior y pasa a ser bandido después de convencer a otros de que es conveniente y beneficiarlos hasta un punto cuidadosamente controlado.

·         Estúpido Estúpido: aquel que causa pérdidas a otros, perjudicándose a la vez seriamente a sí mismo.

Si todos los integrantes de la sociedad perteneciesen por igual a una de estas categorías, la situación podría estancarse sin generar grandes daños para nadie; pasaría a ser una forma normal de vivir en sociedad sin que nadie se dé cuenta del mal común, al no contar con patrones comparativos. Sabemos por experiencia que nos podemos adaptar a una situación negativa, la cual pasa a ser considerada como algo normal o tolerable después de un tiempo prolongado. De igual manera, resulta sencillo habituarse a la estupidez. Pero cuidado: resulta nociva para la salud propia y ajena. Incluso, puede matar.

IV. El que no es habitualmente estúpido subestima el costoso error de relacionarse con uno que sí lo es. La falta de previsión del primero se ve acentuada por el hecho de que el comportamiento del estúpido es irracional e inesperado, y al inteligente le resulta difícil prevenirlo o entenderlo. Alguien completamente estúpido no sabe que lo es, y cree actuar adecuadamente a pesar de las consecuencias evidentes de su estupidez, que no puede o no quiere reconocer. Para él, el estúpido siempre es el otro. Por otra parte, el inteligente que se regodea creyéndose superior al estúpido, se le asemeja mucho. Y si trata de usar la idiotez ajena en provecho propio, comete un grave error, porque muestra un desconocimiento total de la naturaleza de la estupidez, que tarde o temprano pasará factura al supuesto inteligente. Éste, además, cuando usa al estúpido, le da la oportunidad de actuar más allá de sus límites y capacidades destructivas, sobre todo cuando lo coloca en posiciones de liderazgo o poder.

V. El estúpido, sea que mande u obedezca, generalmente representa el mayor peligro para la supervivencia de su sociedad. No deja ni se permite ver, oír, hablar y actuar con plena libertad y raciocinio. Eso explica por qué naciones con abundantes recursos materiales se hunden en la mediocridad y en la violencia, perdiendo valores fundamentales, mientras otros países menos ricos prosperan gracias a que su población inteligente sabe mantener a raya a la población estúpida, viciosa, codiciosa, facilista o ignorante, cuyos actos terminan perjudicando a la totalidad. En casos como éstos, el bandido-estúpido y sus similares manipulan a la incauta masa de los estúpidos-estúpidos, terminando por arruinar el país y su futuro, en su empeño de alcanzar beneficios a corto plazo. El afán del inteligente por denunciar la incongruencia o la irracionalidad de ese proceso de destrucción se estrella contra la estupidez general y contra la propia ingenuidad, al creer que con tales denuncias va a despertar la conciencia del estúpido para que deje de ser y de actuar como tal. Pensar que la persona estúpida sólo es peligrosa para sí misma o que actuará con mayor inteligencia si se le cuestiona con el “deber ser” equivale a rozar la candidez, muchas veces cercana a la estupidez misma. La adicción al poder, al placer o a la emocionalidad, cuando es exagerada y estúpida, se constituye en la base de todo el sufrimiento humano. De ahí que muchas filosofías de vida recomienden sustituir las adicciones por preferencias, los deseos por desapegos y la estupidez congénita o aprendida por la inacción, sea forzada o voluntaria.

Tal es el poder de la estupidez, motivo que justifica incluir el tema dentro de este blog para reflexión de sus lectores, estén o no a favor del planteamiento tácito del presente artículo: nos hace estúpidos el esperar resultados diferentes, cuando: 1- tratamos con alguien pertinazmente estúpido, y 2- nos empeñamos en seguir haciendo todo el tiempo lo mismo.

Termino recordando que, en provecho propio, resulta más conveniente apoyar la sagacidad que supone trabajar por el bien común, que caer en la estupidez del egoísmo. Por una razón elemental, aunque no siempre evidente: cada quien es una parte del Todo. Por ende, cuando beneficia a otro, se beneficia; al perjudicarlo, se daña a sí mismo. Finalmente, como lo que se resiste persiste, y es inútil negarla, procede que aceptemos la estupidez como algo real dentro del mundo y del ser humano, y que nuestro esfuerzo se encamine a erradicarla de nosotros antes que de los demás. Y tú, ¿qué opinas al respecto?