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lunes, 23 de mayo de 2016

AMANECER


A lo lejos, un viejo coche humeaba tras sufrir un accidente fatal. Los cascos del burro, al aplastar el aire de la encrucijada, hicieron volar el papel escrito hasta el pecho del campesino, y a la luz del amanecer el buen hombre trató de leer las líneas torcidas. Como no pudo, pues su alfabeto no pasaba de doce letras, devolvió estas al polvo junto con sus hermanas, y desde el suelo todas ellas continuaron diciendo:

“Cabeceaba dentro del cine oscuro y caliente, esperando la película. Esta prometía ser un bodrio, pero eran pocas las distracciones ofrecidas por el pueblo de sus abuelos a un citadino de trece años. De pronto, sentí próxima la incómoda sensación de cambio que a veces me asaltaba entre otras propias de la pubertad, solo que esta me hacía viajar. Me dormía en un lugar y despertaba en otro, del que salía al escuchar un ruido fuerte. Eran unos sueños raros. Sin ser yo, no dejaba de serlo, pero me veía alojado en un cuerpo con una edad y unas memorias distintas a las del sueño precedente. Asusta no tener control sobre la propia historia. Para no caer dormido me puse a observar a la escasa concurrencia, y luego recordé la última de esas vivencias oníricas, tan reales como mi actual vida de chico.

Reconocí en ella mi mano ya crecida, provista de un reloj de hombre, aferrada al lugar desde donde observaba a escondidas a la que era mi esposa en el sueño y a un bebé. La mujer parecía harta de maltratos hediondos a alcohol frecuente, pues se lamentaba por estos mientras llenaba una maleta y gritaba su decisión de acabar con su condición de víctima y con el fruto falso de nuestra convivencia. Cuando terminó de empacar, se acercó a la cuna para negarle al infante el derecho a seguir respirando el aire que a ella le faltaba. Luego abrió una gaveta, encontró, rompió y esparció fotografías de nosotros alrededor del crimen para redondearlo, trancó la puerta con un golpe que resonó en mis oídos desde algún lugar al otro lado del tiempo, y salió a buscarse una nueva vida mientras la muerte la nombraba.

El portazo me despertó. Tenía las mejillas mojadas. Continuaba dentro del cine, después de ver otra vez ese cortometraje privado. Sentí la mano izquierda adormilada por haberla mantenido apretada contra el lateral de la butaca. La sacudí. No estaba seguida de reloj. Este no hacía falta en ese pueblo donde el tiempo parecía detenido. Me puse a pensar que últimamente mi vida y yo nos parecíamos muy poco. Por lo general cuando pienso o me aburro siento sueño, así que volví a cabecear. El olor acre que acababa de ocupar la butaca de la derecha me hizo mudar dos puestos más allá. Su propietario aguardó unos minutos antes de insistir en sentarse a mi lado. Me preocupé, pues había bastante asiento vacío lejos del mío. Por el rabo del ojo traté de distinguirlo entre las sombras, pero no pasaba de ser un bulto grande y maloliente. Alzando la voz para atraer cualquier atención sobre nosotros, le dije: Perdone, quiero estar solo.

Respondió colocando una palma pesada y viscosa sobre mi rodilla. Yo podía ser mal estudiante, pero estaba bien informado acerca de los viejos verdes. Entre asustado e indignado la tomé para apartarla, y súbitamente esa mano grande y fofa giró convertida en garra, se apoderó de la mía y la jaló con fuerza hacia su cuerpo. Traté de recuperar mi mano, mi libertad, mi rabia, pero fue inútil, una succión irresistible engulló brazo, cabeza y todo el resto de mí, hasta los zapatos. Grité. Mi propio grito me despertó, sobresaltando al viejo señor que se había sentado cerca cuando cerré los ojos y se alejó refunfuñando contra la juventud irrespetuosa y las drogas, envuelto en una nube de olor a rancio. Justo entonces comenzó la película, pero yo abandoné corriendo la sala temiendo no llegar a tiempo al baño. Nada que hacer. Me había orinado.

Luego de limpiarme volví a entrar, empeñado en ver una película monotemática para escapar de la mía tan absurda y variada, pero la aburrida trama pudo más que yo. Cerré los ojos un instante y eso bastó para que sintiese cómo corría la tarde y yo con ella, sobre la butaca convertida en el asiento piloto de un viejo sedán. El asiento trasero tintineaba por los encuentros forzados de numerosas botellas de licor vacías. El monstruo del vicio me perseguía. Las llantas herían el suelo polvoriento de una carretera rural, superando etapas fugaces que me alejaban de la niñez. El mundo huía velozmente hacia atrás mientras yo avanzaba buscando mi destino final antes de ese amanecer.

El asmático motor aspiró el interminable trayecto descrito por una amplia curva, tan abierta que parecía recta, otra de las tantas mentiras de este mundo. Un poco más allá podía verse la encrucijada que decidiría mi futuro. El camino de la derecha conducía a lo ignoto; desde la vía izquierda, la seguridad de lo conocido me hacía señales inconfundibles. Indeciso, me detuve en la bifurcación para reflexionar un poco, encontrando el lugar contaminado por un ruido de fondo que parecía la voz de otra película encerrada en un oscuro cine de pueblo.

Cansado de conducir durante tanto tiempo sin haber aprendido a manejarme, apoyé la frente sobre el volante. Al incorporarme recuperé el recuerdo de aquel cine de mi infancia, seguido por la secuencia de cuanto pasó después. Reconocí la casa que nunca fue hogar, aun estando vacía de los brazos infieles que rodearon mi estúpida inocencia queriendo venderle un hijo ajeno y un crimen por el que casi fui condenado. Desde el retrovisor interno me miró largamente el autor de tantas huidas y regresos. Acepté por él todo el camino recorrido. Entonces escribí estas líneas, las arrojé por la ventana, arranqué un rugido al motor y pasé raudo sobre sus miedos, eligiendo la vía de la derecha.

Todavía no he despertado”.

 

                   

1 comentario:

  1. Gustavo, te felicito por tan elocuente relato lleno de sentimientos nostálgicos sobre momentos "aburridos", u entre ellos, los horrores de los sueños de un niño en períodos de ocio. ¡Qué bueno que retomaste tu blog. Espero que aumente la frecuencia de las publicaciones. Un abrazo y que estés muy bien.

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